Cuando entré al Pera Palas Oteli, ya hacía quince días que recorría Estambul, en Turquía. Fui de Aga Sofía al Gran Bazar, y de Ortaköy a la presunta tumba de Alejandro Magno, siempre buscando -en realidad, encontrando- maravillas bizantinas y musulmanas, recuerdos de jenízaros y hasta las huellas de Troya.
Pero el hotel me pareció especial; el lugar más apropiado para toda esa troupe de condesas, aristócratas, divas, dignatarios y dictadores, escritores y reyes que solía traer el Orient Express. Precisamente, el hotel se construyó para los viajeros de ese tren que cruzaba Europa, tan lujoso que servía ostras para la cena, por ejemplo.
Supe que allí hubo conspiraciones, escapadas y amores prohibidísimos. Algo de eso parecía haber quedado entre las escalinatas, las cortinas, los mármoles, los cristales; algo parecía continuar porque la gente susurraba en el comedor con aire de que la vida es una eterna despreocupación.
Entre miles de huéspedes famosos se encuentran, por ejemplo, el rey Eduardo VIII, Hemingway, Sarah Bernhardt, la Garbo, Tito y Jacqueline Onassis. Y muchos espías: allí estuvo la oportuna holandesita Zelle que un día empezó a ser Mata Hari, bailarina de Sumatra y casi una diosa en sí misma. Allí repasaron sus estrategias otros espías, como Elyeza Bazna y Kim Philby.
Si la modernización que trajo Kemal Atatürk dejó a Turquía con una identidad dividida -europeizada pero no europea, fuera del mundo islámico pero musulmana-, el Pera Palas podría ser símbolo de ello. Los europeos iban al hotel a gozar de lo que para ellos sintetizaba Oriente, y Turquía a su vez lo veía como parte de Europa. El arquitecto logró esto mezclando estilos: Neoclásico, Art Nouveau y Art Decó, con reminiscencias de otros edificios turcos y rasgos orientalistas aquí y allá. Además, el hotel tiene seis plantas y casi 150 habitaciones. La 411 es la de Agatha Christie, donde escribió precisamente "Asesinato en el Orient Express". Allí está el cuadro de la "dama del crimen", experta administradora de víctimas, sospechosos, venenos y coartadas.
Queda claro que las tropas de ocupación nunca fueron tontas en ningún lugar ni tiempo. Por eso cuando los turcos perdieron la Primera Guerra Mundial, los ocupantes corrieron a instalarse en el Pera Palas. Y más tarde, el propio Kemal Atatürk se instaló allí. Lo recuerda el cuarto 201, presidido por un cuadro suyo con una mirada inquietante.
Lo primero que pensé en el momento de recorrer el hotel es que era un lugar envidiable para escribir; con recintos que guardaban en secreto tantas idas, venidas, espías, crímenes, traiciones y amores.
La ciudad de Estambul me impactó, pero este edificio dejó una huella especial. Porque el hotel Pera Palas -que abrió sus puertas en 1892, en plena Belle Epoque, para recibir a los viajeros del Orient Express-, al igual que algunos de los personajes que transitaron por sus salones y pasillos, ya se convirtió en una verdadera leyenda. Como también el Orient Express.
Carmen Verlichak
(*) Los personajes y los lugares citados forman parte del libro Las diosas de la belle époque de la misma autora.