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Última batalla por Kosovo
Por Carmen Verlichak
Para LA NACION - 22/5/2007
ZAGREB
Kosovo es en estos momentos más explosiva para Europa que Irak, Irán y Afganistán. No hay que olvidar, desde luego, que Kosovo, por pequeña que sea, es parte del continente europeo.
En primer lugar, Serbia -de la que Kosovo se está separando- no acepta la determinación de los kosovares de ser independientes y considera que con esto se le está restando un 15 por ciento a su territorio. Uno de los puntos del conflicto es que los serbios pueden hoy esperar ayuda de Rusia, que siempre quiso tener injerencia en esa parte de Europa, y sin embargo no pudo ayudarlos en los años 90, envuelta como estaba en sus propios tumultos y separaciones. Hoy Rusia apoya a Serbia en su disgusto por esta posible independencia. Condoleezza Rice incluyó el problema en su visita a Moscú, en lo que se considera que es la negociación más difícil que tuvo hasta ahora. Se esperaba que pudiera ablandar a los rusos, que amenazan con vetar la independencia, pero no lo logró. La Unión Europea y los Estados Unidos -los emigrados albaneses de Kosovo llevan muchos años haciendo lobby en el norte de América- apoyan sin reservas la independencia. "No hay razón para que Kosovo y Serbia sigan juntos. Es mejor para los dos que cada uno piense en su propio futuro", acaba de decir Rice en Moscú.
Eso es trasladar a esa región la tirantez entre Rusia y Estados Unidos. Cualquier problema que se suscite en Kosovo recaerá sobre Bosnia y, a continuación, podría resonar también en Croacia.
Después de ocho años de fuerte injerencia de las Naciones Unidas, la Unión Europea propuso un plan que, de funcionar, en poco tiempo dejaría a Kosovo absolutamente librada a sí misma. Sin embargo, Kosovo tiene dentro de su territorio muchos focos de conflicto. Un 90 por ciento de sus alrededor de dos millones de habitantes son albaneses musulmanes y un diez por ciento, serbios ortodoxos. La separación entre los dos grupos es muy fuerte y lo será más aun, según los observadores, que ya hablan de apartheid . Tampoco es segura la adhesión de los albaneses de Kosovo al plan de la Unión Europea y en ello no deja de haber posibilidad de violencia.
Muy conocida desde 1389 por la batalla que una coalición de eslavos -entre ellos los serbios- llevaron contra los turcos, Kosovo fue también el lugar donde, en 1989, ocurrieron las primeras manifestaciones de lo que luego sería la desintegración de Yugoslavia y el surgimiento de Milosevic. Kosovo es una gran herida tanto para los albaneses de Albania como para los serbios de Serbia: ambos la quisieran tener en su territorio. Allí, por ejemplo, hay cinco monasterios ortodoxos, de enorme significación para los serbios. Kosovo hoy es un gran agujero negro para Europa, con dos preguntas clave sin respuesta: ¿de qué va a vivir y quién se ocupara de la seguridad? En estos momentos, hay 17.000 cascos azules que se ocupan de esto. En los últimos ocho años la Unión Europea gastó allí tres mil millones de euros, mucho más de lo brindado en ayuda a toda Africa.
Aun así hay una gran frustración entre los kosovares, porque es dinero que no se invirtió en desarrollo. Alguna fuente de actividad económica es proporcionada por los kosovares que trabajan fuera del país (sobre todo en Alemania y Suiza) y mandan sus sueldos a las familias. El desempleo va del 60 al 80 por ciento en una población que tiene un 70 por ciento de menores de 30 años y una mortalidad 3,5 veces mayor que la de cualquier otro punto de Europa. De 800.000 familias, 600.000 tienen armas, muchas veces automáticas. Hay tráfico de drogas, armas y seres humanos. La corrupción se esparce como la pólvora y, tal como ya sucedió en Somalia, eso involucra también a los cascos azules. Aunque el miedo mayor, precisamente, es que se retiren estas fuerzas, que hoy representan la gran actividad económica en Kosovo. Mientras tanto, Vojvodina, la otra provincia autónoma -además de Kosovo- de lo que fue Yugoslavia, declaró en marzo que ya no quiere ser "colonia" de Serbia. |