| Recuerdo de la gran cabalgata de verano
Por Carmen Verlichak Para LA NACION - 30/1/2010
Era todavía de noche cuando salimos rumbo a los palenques; más bien silenciosos, pero muy decididos emprendimos la gran cabalgata que en ese tiempo se hacía al menos una vez en el verano.
Eramos una colorida formación compuesta por media docena de jinetes, los montados y tres perros; el excelente policía que llamé Maula y dos más, cuzcos seguidores ellos. De permitirlo, hubiéramos tenido todo un equipo tras de nosotros.
Entre nosotros había quien montaba a Belcha (negra en vascuence, decían), una alazana oscura bastante loca a la que pocos se animaban. Otros habían conseguido que les confiaran parte de la tropilla de tobianos que era el orgullo de su propietario, Pepo.
Por mi parte, yo iba en el Chiquitín, un alazán tostado, fiel y confiable, pero de galope duro y un poco molesto.
El jefe natural de la partida era Federico, flaco "como perro de indio", según lo definían. Tenía un liderazgo indefinido basado entre otras cosas en que sabía abrir las tranqueras "de rienda"; esto es, sin apearse y empujándolas con el propio caballo y, además, cabalgaba en recado.
Por alguna razón la primera parada se hizo en el tambo de Mateo, donde nos ofrecieron un mate dulce y nos regalaron miradas descreídas y algo burlonas. El mate dulce era para resistir mejor, dijeron, pero la mayoría lo rechazó porque el verdadero mate no se toma dulce, no vayamos a caer en costumbres pueblerinas. Los que aceptaron no se bajaron del caballo.
Quedará siempre inexplicado cómo la parlanchina señora de Mateo sabía todo de todos y al instante en ese mundo sin teléfonos; de todas maneras resultaban divertidos su vocabulario y sus expresiones. "¿Por un casual, escucharon los búhos anoche?" De contestarle que sí, hubiera hablado un rato largo de agorerías, pero nosotros, avisados, poníamos cara de nada. Cada tanto mencionaba que su hija la Anahí andaba medio "desnorteada"; bueno pensé, nosotros decimos desorientada, que viene de oriente, bien puede ella mencionar al Norte.
Del tambo partimos bordeando el sorgo de Aleppo, ese cultivo de moda entonces que todavía no se con consideraba plaga. Si al principio estábamos un poco ceñudos por el rigor de la hora, al rato ya hablábamos y reíamos.
Federico, nostalgioso casi antes de haber vivido, semicantaba una y otra vez la tonada de un viejo amor: "No me pidas que me quede/ si toda mi vida contigo se va"; esa fue una tonada que nunca nos abandonó y resultó emocionado recuerdo en los días largos de los inviernos que a cada uno en su momento nos tocaron.
Al salir de la estancia, puntual, el largo silbido del tren anunció las seis de la mañana. El cielo seguía mojado. Cruzamos las vías y cortamos camino por San Dionisio; más allá aparecieron los fachinales. Y luego, nada, cabalgar y cabalgar en una mañana que de fresca y rociada rápidamente se fue convirtiendo en calurosa y seca; el camino se hizo sonoro bajo los cascos y los cardos rusos empezaron a volar junto al polvo. El cielo parecía gris de tanto sol mientras pasaban las horas de cada vez más muda cabalgata.
Por fin, al llegar a Trongé, delante de nuestros ojos se levantó la iglesia, indicio de que la meta estaba cerca. Alta y gótica, incomprendida y solitaria, nunca supimos de algún oficio, misa, bautismo o responso que allí se hubiera dado. Era la que daba razón al dicho: "Es como la iglesia de Trongé, no tiene cura".
Ya entonces todos estábamos exhaustos y silenciosos. Federico había enmudecido también y todavía faltaba un buen rato de galope. Doblamos con el camino ladeando el almacén, pulpería y chimentero y así emprendimos la recta final.
Más allá llegamos a destino donde el dueño de casa después de un bondadoso almuerzo propuso nada menos que una nueva cabalgata por los médanos. Lo hicimos aunque ya habíamos cabalgado unas enteras cinco leguas; o veinticinco kilómetros, por eso al volver nos juntaron en camioneta. Todos callábamos mientras el cielo volvía al rojo; solamente Federico avisaba "yo sé que no vuelve más/el verano en que me amabas..."
Nos sentíamos como Fabio, el ahijado de Don Segundo Sombra. ¡Totalmente paisanos!
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