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Clarín Rural - Sábado 20 de febrero de 2010
HISTORIAS PARA CONTAR: Carmen Verlichak, cronista de la pampa, sus colores y pasiones
Verlichak, de ascendencia croata, quedó atrapada por una actividad, la del campo, bien argentina.
Por Gastón Neffen - Especial para Clarín Rural
Carmen Verlichak escribió la historia de un amor prohibido de Belgrano (María Josefa Ezcurra), contó las historias de las diosas de la belle époque (de Victoria Ocampo a Lola Mora) y dedicó un libro a reconstruir la trama de la inmigración croata en la Argentina. También es una destacada pluma del relato rural. Hace dos años publicó Crónicas de campo y pueblo, junto a Oscar Marzol.
"Apenas me siento una cronista de un tiempo y un lugar", afirma, con modestia, a Rural Revista. El tiempo fueron las décadas del 60' y 70'. El lugar, la Estancia Ave María, muy cerca de Treinta de Agosto (partido de Trenque Lauquen).
Durante esos años, Verlichak vivió en el campo junto a su esposo. En la estancia escuchaba las historias de los peones (sobre sequías interminables, vientos endemoniados y tobianos legendarios).
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Su suegro, Don Bernardo Dionisio Espain, también la fascinó con los relatos de malones (el campo está a sólo unos metros de la zanja de Alsina), de "la luz mala" y las apariciones. La experiencia en primera persona aportó lo que faltaba. Verlichak todavía recuerda con nostalgia las cabalgatas por esas llanuras ventosas "fieras y desamparadas". Los días de trabajo en el campo y los incendios. "Un día el fuego parecía rodearme por todos lados, mi marido estaba con los otros hombres apagando incendios. Recuerdo que puse los tres chicos en el auto y me fui a la represa. Fue en el mismo lugar donde descubrimos un nido de víboras debajo de la mesa", cuenta la escritora.
En Verlichak se cruzan la literatura académica, se recibió de Licenciada en Letras con una tesis sobre el escritor alemán Thomas Mann, las tradiciones rurales del oeste bonaerense y los años de "curtirse" en los potreros y en la "chata". Por eso es una referente para pensar las tensiones entre la historia y el presente del campo. "Me parece que a veces la gente de los pueblos y las ciudades busca olvidar su origen rural, como algunos porteños no recuerdan que llegaron por el puerto como inmigrantes. No encontrás reflejada la tradición en los nombres de las calles, que se llaman Belgrano, Mitre y hasta Uriburu (en Trenque Lauquen), cuando podrían denominarse de los arrieros, de las tejedoras y de los trigales, reflexiona.
Con la arquitectura, Verlichak siente que pasa algo parecido. En los pueblos hay casas onda Dinastía o chalets californianos que imitan los diseños de los countries. "Cuando vivíamos en el campo, eran los peones y los estancieros los que guardaban la memoria rural", recuerda. Para alentar estos procesos, que son claves para construir puentes entre lo que pasó y lo que viene, la escritora es jurado del concurso "Crónicas de campo y pueblo", que este año ganó Jorge Vives. El norte está claro.
"Creo que hay que rescatar del pasado lo que vale, y de la misma manera adoptar lo bueno de hoy", sintetiza. Y no se trata sólo de recordar a los gauchos "forzados" de los fortines, o a los bravos caciques araucanos. Los protagonistas de las historias de Verlichak son el vasco Etchegaray, que perdió un dedo ordeñando a La Chamarra. El viejo Carmelo y Doña Teresa, dos "votos cantados" porque siempre se sabía a quién iban a elegir, como el resto del pueblo. Y el café de "El Lolo", el barcito que se atestaba después de la misa de las 10, con gente que preguntaba si había llovido en el tambo de González.
Los refranes y las comparaciones lingüísticas, clásicas del "habla rural", también sobreviven en sus historias. "Son frases encantadoras. Solo como loco malo o más mal llevado que sandía bajo el brazo. Es un lenguaje florido, preciso y descriptivo", opina Verlichak.
En la pampa extensa y salvaje, "en donde la inclemencia del viento y la llanura infinita a veces resultaba insoportable", reconoce la escritora; narrar y compartir era una parte esencial de la rutina diaria. "Mi marido iba a la cocina de peones casi todas las noches a repasar el día y ordenar el siguiente. Yo lo acompañaba y escuchaba a Loreto, el capataz, referir la misma historia muchas veces. Me di cuenta de que ese relato lo vertebraba, le daba vida y le daba valor".
Este es el punto. Los "cuentos" no sólo recuerdan el pasado. Le dan sentido a lo que uno hace y además preparan "al gaucho" para el desafio que viene.
(*) Escritora y periodista, vivió dos décadas en los campos del oeste bonaerense.
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LA NACIÓN - Lunes 1 de setiembre de 2008
La luz mala en un libro
La luz mala, las tranqueras, los ferrocarriles de trocha angosta, los paisanos, la china, la cocina de los peones. Todo está retratado en el libro Crónicas de campo y pueblo , de Carmen Verlichak y Oscar Marzol, que se presentará mañana de manera muy particular, con dos payadores.
La cita es a las 19 en la Galería de la Recoleta, en los jardines de la Biblioteca Nacional, entrando por Agüero y Las Heras.
Una curiosidad del libro es que
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uno de los autores, Verlichak, es de origen croata, pero se desenvuelve con naturalidad para contar las historias y utiliza su asombro para volcar en los textos.
Galpones de ferrocarril, sugestivas siestas de verano, gastados andenes, baile en el pueblo, lenguaje florido de los paisanos, curanderas, pulperías, amaneceres en el tambo, cosechas prometedoras y cosechas frustradas. Todas las historias criollas en la voz de dos payadores en plena ciudad.
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Diario del viajero - Miércoles 3 de diciembre de 2008 - Nº 1127
Reconocer de dónde venimos
El nostálgico encanto del campo argentino
en Crónicas de campo y
pueblo, es un conjunto de relatos y
recuerdos de los pueblos del interior
de los años 60 y 70. Actividades
rurales, costumbres como la
vuelta al perro y las luces malas, el
lenguaje de los paisanos, sucesos
históricos como el éxodo protagonizado
por el pueblo jujeño en tiempos
de Belgrano, la estancia El Pino que fuera de Juan Manuel de Rosas,
entre otros. Sus autores, Carmen
Verlichak (DV n° 1064, 1081) y Oscar
Marzol, hablan de su obra.
Han despertado un gran interés
del público... ¿Por qué?
C. Verlichak: Creo que la gente encuentra
alguna identificación con lo
que lee. El libro reúne lo que tienen
en común el campo, el pueblo y el suburbio;
es lo que la tierra hace en el
hombre, es la presencia de lo natural,
de los cielos estrellados y los perros
ladrando en la lejanía. Nosotros
hablamos del hombre que padeció y
gozó la naturaleza y que forzó la imaginación
para entretener las largas
tardes de lluvia. Hablamos de esa
relación humana especial que se establece
entre quienes se conocen de
toda la vida. De cosas que vivimos,
de cosas que vimos vivir. Son relatos
de nostalgia. Sucedieron allí y en un
tiempo. Pero bien pudo suceder en
otro lado de esta República.
O. Marzol: Cuando salió este libro
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algunos amigos me dijeron, cómo hacés
para acordarte de todo eso, lo vivimos
juntos y yo no puedo acordarme,
mientras se secaban los ojos.
Creo que soy un privilegiado triple
porque viví en un pueblito, lo recuerdo
bien y pude escribir de ello.
Usted, Carmen, viene de otro lado,
desde ese lugar de extranjera,
¿qué le impactó más?
Verlichak: Cuando llegué a 30 de Agosto me impresionó el conjunto de leyendas y sobreentendidos que estaban más o menos presentes en la conducta o en el habla. Me impresionó y me encantó. Yo llegaba de otra cultura, la croata (DV n° 793, 932, 1010), con su propio conjunto de leyendas. Por ejemplo, ese ingenio especial que se muestra en los dichos los dicen unos, los repiten otros... Encontré algo de aquello que se les atribuye a los andaluces, exageración, alejamiento más o menos intenso de la verdad, pero siempre estaba allí el ingenio. Para definir a una persona, una situación o un defecto. Los defectos son divertidos, dan para mucho, los defectos de los otros, claro. El paisano es irónico pero no sarcástico, siempre había una mirada un poquitín piadosa al menos.
¿Qué inicia un libro de crónicas?
Verlichak: Por mi parte, mucho de esto
surgió por lo publicado en La Nación,
en el rincón gaucho. Fernando
Sanchez Zinny fue un gran colaborador
en el proyecto; él rescató temas importantes,
como el arado de mancera
y los diferentes sulkies y esas cosas,
es decir, cómo se fue haciendo el
traslado a través del tiempo.
Marzol:Yo comencé a escribir porque
soy un recopilador de emociones y un
conservacionista por naturaleza.
En Iriarte, Usted hizo El Botánico,
un reservorio de árboles de
dieciséis hectáreas. Y a esto
sumó un museo de piezas antiguas
relacionadas con el campo.
Marzol: Sí, tengo la dicha de haber podido hacer todo eso. He sido y soy un permanente recopilador: frasquitos, bolitas de colores, figuritas, árboles y máquinas en la adolescencia y en el presente y creo que ahora me debía la posibilidad de rescatar emociones. Además estoy agradecido a Iriarte que fue el escenario de mi niñez, de mi juventud y todo lo que hago está vinculado inexorablemente a ese pequeño-gran pueblito.
Es interesante cómo relata,
el pueblo de su niñez. Va caminando
desde la estación al amanecer
cuando empieza a despertarse
y desde allí recorre todo
el pueblo y a toda hora.
Marzol: La querencia de la que se
habla en el campo, como el barrio
del que se habla en las ciudades es
la piedra fundamental sobre la que
descansa el alma. Allí estarán los
primeros olores, los primeros pasos,
los primeros besos, los primeros amigos,
los mayores que nos precedieron
y la posibilidad aleatoria de trasladarnos
transitoria o definitivamente
a otro lugar. Intenté en ese
movimiento de recorrer calles y casas
darle algo como tridimensional
a mi recuerdo. Porque en mi recuerdo
paseo muchas veces por allí, así,
como llegando en el tren.
En el prólogo, Fernando Sánchez
Zinny dice que ésta no es una
pampa hija de la de Martín
Fierro sino una bisnieta o tataranieta.
¿Hay nostalgia en eso?
Verlichak: Sí, hay buena parte de
nostalgia. Justamente los trenes, a
muchos lugares ya no llegan; todo
eso que giraba alrededor de la estación,
la algarabía de la llegada y la
salida, las noticias, la gente transportando
cosas de todo tipo. Todo
eso ya no está. Fue un tiempo mágico,
y lo conmovedor es que había
quienes se ocupaban de resguardar
la magia. Pero no es una nostalgia
triste, es celebratoria. Qué suerte
que vivimos esos tiempos… Es bueno
recordar, y hacerlo también en los
nombres de las calles. Por ejemplo,
nada en las calles recuerda a los indios
que estuvieron por allí hace no
tanto; apenas alguna calle muy marginal
en alguna ciudad. Fuera de eso,
todas las calles repiten los nombres
del centro de Buenos Aires: Uriburu,
Mitre, Belgrano, Avellaneda y demás.
Pero no hay calles que se llamen del
resero, del herrero, de los tambos, de
los álamos, de los trigales, etc. ¿por
qué no un boulevard de los indios, de
la manga, del aparcero, de los payadores?
A veces parece que no se sabe
de dónde viene la riqueza que hace
posible lo que se tiene hoy. Y nuestro
libro intenta correr diferente: reconocemos
de dónde venimos, nos alegramos
por ello y estamos más dispuestos
a forjar lo que viene.
Entonces, esa nostalgia no los deja en el pasado
Verlichak: No puedo dejar de comparar
algo del vacío de hoy con lo que
sucedía por ejemplo en la cocina de
peones donde el ocio era creador, de
palabras, de historias.
Marzol: Sumada la picardía, el gracejo,
la imaginación. En fin, entre el ayer
y el hoy me gusta mirar qué se ganó y
qué se perdió. Y tratar de ser objetivo.
Posiblemente este presente que
hoy nos preocupa y nos hace añorar
aquellos años, se convierta luego en
ese pasado que añoraremos mañana.
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